La luna enterrada es una de las historias que escuchanos en Tierra adentro. La madre luna se conduele al saber que las noches en que ella no está luminosa en el cielo, hay gente que no ve el camino del pantano y cae en él irremediablemente, y extrañas y tenebrosas fuerzas no los dejan salir.
Decidida, un día en que brilla plena en el cielo, se cubre y baja hasta el pantano. Quiere saber por ella misma qué sucede allí bajo las aguas. Pero también a ella la tiran hacia abajo.
Con la luna atrapada en el pantano el tiempo se altera, todo pierde su ritmo vital, los animales están desorientados, las plantas, los humanos.
Y en esta historia estamos allí, al inicio, con el tiempo de la luna perdido en algún lugar de nuestra memoria, ocupades en no parar, en obviar los cambios que su ciclicidad nos trae.
La luna está enterrada en el pantano en donde fuerzas terribles nos tiran a una oscuridad profunda en nuestro inconsciente mientras iluminamos todas las calles. Entre más luz hay afuera, más oscuridad llevamos dentro.
La historia nos dice qué hacer, como todas las historias lo hacen con esa sabiduría profunda que está más allá de lo que creemos conocer.
Tenemos que llevar la luz a esa oscuridad interior, en la historia la imagen es contundente: el pueblo entero se une en la búsqueda de la luna desaparacida, acuden a la cabaña de la mujer más antigua del mundo y ella les dice qué es lo que hay que hacer.
Es preciso que encuentren dos troncos muy largos y resistentes, que se armen dos grupos de hombres para que cada grupo tome un tronco de un lado y del otro, y hagan palanca para sacar a la luna. Pero ¿cómo llegar hasta allí?
Una mujer ha de llevar una antorcha y guiarlos hasta el lugar en donde está la luna, para que ninguno caiga. Es un tema de equilibrio, de estrategia.
Las historias nos invitan siempre a equilibrar nuestras energías, lo hacen con imágenes preciosas, claras y contundentes.
Que esta noche, en sus sueños, acudan a la cabaña de la anciana. Hemos de aprender estrategia, lograr nuestro equilibrio.
Doris