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Una de las versiones de La caperucita roja que más me gustan es «La compañía de los lobos» de Angela Carter.

Angela, lectora voraz de cuentos de hadas, ambienta su historia en las noches de invierno previas al solsticio, y una noche como hoy, tiene lugar la escena más maravillosa entre la Caperucita y el Lobo.

Ella, con el conocimiento que le da su abuela, después de haber bebido su sangre y comido su carne, sabe cómo vérselas con el lobo, con esa fuerza instintiva y salvaje de la cual tiene que hacerse maestra y señora en los años por venir.

Cuando entra en la cabaña de la abuela y el lobo la espera, nos cuenta Angela Carter: «¿Dónde está mi abuela? pregunta la joven. -Aquí estamos solo nosotros mi amor-le responde el lobo. Un gran aullido los envolvió, uno cercano, muy cercano, tan pronto como el jardín de la cocina, el aullido de una muchedumbre de lobos. Ella sabía que los peores lobos eran peludos por dentro y se estremeció a pesar del manto escarlata con el que se abrigó un poco más, como si siendo tan rojo como la sangre que iba a derramar, este la pudiera proteger. -¿Quién ha venido a cantarnos villancicos? -preguntó ella. -Las voces que oyes son de mis hermanos querida, yo adoro la compañía de los lobos. Asómate a la ventana y los verás. […] Cerró la ventana ante el canto fúnebre de los lobos y se quitó el manto escarlata, del color de las amapolas, del color de los sacrificios, del color de su menstruación y, puesto que el miedo no le serviría de nada, dejó de sentir miedo.»

Así es.

Que esta noche de solsticio les cuenten y compartan muchas historias. Ahora que el sol está quieto y la oscuridad fértil y gestante nos pide no tener miedo, y abrazar la riqueza del bosque y nuestros instintos, un buen veintiunavo día de adviento.

Un abrazo,

Doris