Vigésimo cuarto día de adviento: la gracia

Lenta y tranquilamente observamos el regreso del sol. Los humanos hemos intentado marcar el tránsito de la oscuridad hacia la luz, porque desde el principio de los tiempos caminando sobre este planeta nos dimos cuenta de que sin la luz, la vida no es posible. Pero hoy en día tememos algo peor, que quizá nuestros ancestros jamás pensaron: sin agua no hay vida.

Podría ser la sombra de la luz, nuestro miedo a que la luz desaparezca nos ha hecho crear artilugios para que nunca nos abandone, pero olvidamos que la oscuridad es necesaria. El reposo es necesario. Sin el descanso tampoco hay vida.

Nos cuesta en el presente lograr un equilibrio en cualquier cosa. Extendemos nuestra actividad hasta nuestro agotamiento. Sobretodo en estas fechas, en que, contrario a lo que sucede en el bosque, en la ciudad agitamos nuestros cuerpos sin límite.

El regreso de la luz es gradual, cada día sucede un poquito. Lo necesario, para que la tierra toda, las aves, las semillas en lo profundo de la Tierra se preparen para renacer.

Mi deseo es que la luz que renace en el horizonte, en el corazón de cada uno y cada una, nos permita ser lo suficientemente lúcides, para cuidar aquello que necesitamos para vivir: el agua.

Necesitamos una mitología nueva que nos permita entender que la sombra de la luz, el artificio lumínico y del logos (si, la IA) no nos consuma con sus llamas espurias.

Un precioso renacimiento para todes. ¡Les espero siempre en esta casa de historias!

Doris