Dicen los oráculos que estamos pariendo una nueva humanidad, y lo nuevo viene en todos los colores y formas. No es un secreto que lo nuevo viene con la tiranía de lo demasiado. Hay demasiado de todo. Muchas veces yo me abstengo de escribir porque no quiero participar en este concierto de los excesos, de lo ilimitado.

Entonces me calzo mis botas y me voy al bosque a caminar con mi perra entre los árboles. Me voy a encontrar el suelo bajo mis pies, a sentir los conciertos de los pájaros y ver el incesante corretear de las ardillas. Voy a agarrarme de otra cosa, y el verbo es “agarrar”, sonoro y salvaje, porque lo demasiado es huracán, todo lo arrasa. Me agarro de esas historias que se han tejido desde el principio del tiempo con otros cantos y que guardan para nosotros el sentido como un tesoro.

Me voy entre los árboles para que mi corazón encuentre con quien hablar.

Y aún así, a veces no logro escapar de ese demasiado, porque lo demasiado irrumpe y marea, confunde. Me sucedió en Navidad.

Mis niños crecen, y su mundo imaginal crece con ellos, yo quise regalarles un espacio íntimo para escuchar la música con la que cada uno comienza a amueblar sus días. Me vino pues la idea de regalarles un lector de Mp3.

Con esta idea me aventuré en los andenes llenos de hielo decembrino montrealés buscando, de tienda en tienda, uno de estos aparatitos que fueron mi compañía tantas mañanas de trayectos interminables de bus en el tráfico bogotano.

Al entrar y preguntar en los almacenes, quienes atendían me miraban confundidos. Los dependientes más jovencitos no tenían ni idea a qué me refería, y los mayores me miraban con ternura mientras me decían que esto ya no se vendían en tienda, pero que podía intentarlo por Internet. Incluso uno de ellos me dio el dato de un anticuario que quedaba al otro extremo de la isla. La opción que me daban todos, era claro, un teléfono móvil. De ninguna manera.

Busqué en Internet y encontré lo que buscábamos mi esposo y yo. Lo incluyo, porque a él le tocó después hacer malabares para poder poner los archivos de música en estos semi-descontinuados artefactos. A mi idea romántica, de que pudieran escuchar su música a voluntad, le azotó el huracán de lo demasiado cuando escuchamos el primer pedido musical de nuestro hijo mayor: “Quiero escuchar todo lo de Nirvana”, nos dijo con tono marcial. La cuestión es que ese “todo” eran más de doscientas canciones entre versiones acústicas, versiones en concierto, discos sencillos, en fin.

A mí, el número me dio dolor de estómago, y al programa que tuvimos que instalar en el ordenador le dio una suerte de patatús, porque nada ni nadie aguanta tantas horas transformando formatos digitales de X a Y.

– “¡Doscientos!” – me repetía yo mentalmente mientras me agarraba la panza. Entonces recordé inmediatamente el cuento “El príncipe que buscaba la inmortalidad”, la historia de este joven cuyo padre le da la educación más exquisita, y un día lo manda de viaje a conocer el mundo. Cuando regresa, el joven está deprimido, pues se ha dado cuenta de que, no importa quién se sea, rey o mendigo, la muerte siempre está allí esperando. Y a él la muerte lo espanta, por ello no quiere encontrarla nunca, en cambio quiere encontrar ese lugar en donde la muerte no existe.

Lo que nos dicen las primeras líneas de un cuento, las condiciones iniciales de la historia, así como las condiciones iniciales de cualquier cosa que emprendamos, un paseo, una relación, la vida misma, nos dicen qué hay y que no hay, y a partir de allí, cuál será la suerte del protagonista.

En esta historia los personajes son un rey y su hijo. No hay una reina. No hay un principio femenino que guíe y enseñe sobre la ciclicidad de la vida, de la importancia de nacer y morir, de los ciclos de la luna y del sol. De la importancia morir en el invierno y nacer de nuevo en la primavera. Lo desconocido produce temor. Podemos imaginarnos a este príncipe, en su viaje por el mundo, viendo morir a jóvenes y a ancianos, a ricos y a pobres sin tener a nadie que le hubiera enseñado a su corazón la importancia de la pérdida y cómo hacen parte de la vida tanto el dolor como la alegría.

– “¿Doscientos?” – recuerdo que grité por fin y con alboroto. A diferencia del cuento, en esta historia el principio femenino me envolvió con fuerza, se volvió también huracán y salieron de mi boca las imágenes de todos los demasiados y sus consecuencias. Esposo y niños me miraban pasmados.

En la historia, el príncipe que no quiere el límite de la vida se encuentra con un rey que, preso de un encantamiento que lo ha convertido en águila, está condenado a vivir cuatrocientos años al menos, pues es el tiempo que le tomará hacer caer un árbol muy alto utilizando solo su pico y sus garras. Más adelante, el príncipe encuentra a otro rey, que preso de otro encantamiento solo podrá morir hasta que, con una pala y un balde, logre aplanar una montaña, y esa tarea le tomará al menos seiscientos años. El príncipe sigue su camino y va a encontrando personajes que no cesan de trabajar para poder morir.

Hay algo muy profundo en esta historia. Algo que nos habla del momento presente. Algo que nos habla de nuestra manera de abrazar los demasiados, pues cada rey encantado invita al príncipe a que se quede allí, pues vivir cuatrocientos, o seiscientos, u ochocientos años es ya suficiente, pero el príncipe rechaza todas estas ofertas: el quiere no morir.

Por suerte tenemos un lector de discos de vinilo en casa, un tocadiscos provisto de una aguja que, como en los cuentos, sabe hilar una canción detrás de la otra y detenerse cuando es suficiente. Es cierto que podemos escuchar el mismo disco un número indefinido de veces, pero toda materia tiene un índice de resistencia, un límite, así que, si insistimos en el infinito, esa materia nos pone el tatequieto: se daña la aguja o se funde alguna partecita del equipo.

Un límite es contención, es cuenco, y la contención es un principio de lo femenino. La arqueología nos cuenta que los humanos hemos creado cuencos hechos de barro o de otras materias desde los primeros días de nuestra existencia. La idea de límite se hace materia en el cuenco de barro. En la historia, el príncipe se aleja cada vez más de la materia y se pierde en un castillo que está en los aires, si traducimos este lugar simbólicamente diríamos que se pierde en el inconsciente, enloquece.

Mi alboroto se hizo cuenco. El Mp3 anda en algún rincón de la habitación. Mi niño volvió a coger su guitarra eléctrica y componer. Las doscientas canciones tienen un principio y un final: el trayecto de la casa a la escuela en auto.

Llamé a este escrito “Una curaduría de nuestra imaginación” como una invitación al límite, a no llenarnos de doscientas, trescientas o π (infinitas) canciones, series, noticias, o contenidos de cualquier tipo. Lo demasiado nos lleva a la locura. Cada uno y cada una debe hacerse cargo, ser soberano de ese cuido a su imaginación, y ese es un aprendizaje.

Si estamos pariendo una nueva humanidad, hagámoslo con conciencia, con atención. Con la atención que tiene la tierra bajo mis pies en este invierno: en silencio, en contacto con la oscuridad, con el reposo bajo el hielo y con el delicado, lento y silencioso intercambio de nutrientes allí abajo.

Mis niños llevan esa prisa de infinito, mi tarea de tanto en tanto, es regar en el suelo un saco de semillas de amapola y un saco de semillas de sésamo y hacerles poner de rodillas para que aprendan, como Psique, el olvidado arte del discernimiento.

Un abrazo, 

 

Doris