Estos días, después de mi cumpleaños número cincuenta y mientras estaba en una de mis clases de Jung, visitábamos el arquetipo de la Anciana. En algunas comunidades indígenas del mundo, las mujeres que llegan a los cincuenta años, se dice, comienzan su camino hacia el encuerpamiento de este arquetipo.

En esta edad cruzamos un umbral cuyo tránsito dura el resto de nuestros días. Es un momento en que reclamamos soberanía en todos los ámbitos de la vida, pues comenzamos a saber al servicio de qué o de quién estamos, en tanto hayamos vivido con consciencia las rupturas que nos han visitado hasta entonces.

Años antes de saber que me convertiría en madre, mi primer reclamo intuitivo de soberanía fue el del tiempo. Quería dejar de correr sin saber por qué o para qué corría. En ese entonces trabajaba en una editorial en Barcelona, y ese ritmo vertiginoso, que conocía ya de otras experiencias laborales, no solo no me hacía bien, sino que, por algún tipo de alquimia gramatical, me dictó un mandato que se ha convertido en la oración con la que me despierto cada mañana: “Quiero vivir otro tiempo”.

En ese entonces, ese “otro tiempo” trajo consigo, ya no el vértigo de lo laboral y la velocidad, sino el vértigo del flujo de la vida, porque la vida tiene un vértigo de otra calidad cuando una quiere comenzar a alinearse con los ritmos generativos de la tierra.

Ese mandato de otro tiempo, trajo en mi caso, el amor y una familia que me exige siempre ponderar en dónde debo poner mi tiempo y atención; pero también, bajo ese mandato comencé a crear StoryTailors con el apoyo de mi gran amiga Elzine Aristide. 

Mi pasión era la escritura, la de ella el dibujo y las dos queríamos dejar de correr. Entre un café y otro comenzamos a crear esas historias para regalar, para lo cual abrimos una dimensión de escucha y cuidado para convertir esos relatos, esas historias que alguien quería regalar a su otro muy querido, en un libro hecho a mano y con ilustraciones únicas.

Escribimos e ilustramos historias de amor. Porque querer regalar una historia a otra persona para poder contar qué es aquello que les une profundamente, desde qué dolor y esperanza, anhelo, es un acto de amor y el amor exige otro tiempo.

Este mandato significó una ruptura categórica, no solo con el tiempo lineal, sino con un mundo, cuyo mito fundacional me hizo siempre enfermar. No sabía yo que, lo que estaba comenzando a transitar entonces era una ruta que me ponía al servicio de la energía femenina profunda, estaba camino al encuerpamiento del arquetipo de la Anciana.

Quiero invitarles a escuchar una conversación que tuvimos Daniela Ruíz y yo a propósito de todo esto, de sus espacios, de lo femenino, y de lo que significa vivir caminando de la mano con historias antiguas, llenas de riqueza simbólica y claves para cambiar la visión de nuestra vida. 

Quizá comenzamos a sentir que lo tenemos que hacer en estos tiempos de tanta polarización y ruptura, es sostenernos en pequeñas comunidades de cuido y de escucha atenta. 

Hacernos cargo de nosotros mismos, de nosotras mismas es la gran tarea, pero eso no significa que tengamos que estar aislados, al contrario, necesitamos redes que nos sostengan en donde el tiempo compartido sea trascendente y las conversaciones sean nutricias. No necesitamos espacios multitudinarios llenos de opiniones, en cambio, necesitamos espacios que sean capaces de contener nuestras preguntas y nuestra vulnerabilidad.

En estos tiempos, la presencia incesante de la máquina y la supremacía de nuestra mente tecnológica nos van a dar como regalo, si no lo están haciendo ya, un anhelo de humanidad muy grande, de vínculo caluroso. Esa es mi esperanza y a ese anhelo brindo mi servicio.

Un abrazo grande,

Doris