A veces, lo único que podemos hacer es sentarnos a llorar cuando la tarea que tenemos adelante está más allá de nuestra humanidad.

Las historias nos recuerdan que rendirnos y vivir nuestra vulnerabilidad es necesario. El mito en que vivimos hoy nos dice lo contrario. Lo juzga, lo rechaza, y así, vivimos nuestros dolores en silencio y soledad.

En la historia de La reina abeja, el hermano menor, el simplón, cuida a todos los animales que se cruzan por el camino de vuelta al reino con sus dos hermanos mayores. Estos llevaban tiempo lejos y no habían dado noticias a su padre; se habían dedicado a una vida disipada hasta que su hermano menor llega por ellos.

En su aburrimiento constante, los dos mayores quieren destruir un hormiguero, porque sí; hacer daño a los patos, porque sí; y molestar un panal de abejas porque sí. Él lo impide siempre.

Cuando él tiene que atravesar muchas pruebas, son las hormigas las primeras que vienen a ayudarle. Pero antes él, el simplón, se ha rendido, ha llorado. Sabe que para poder pasar la prueba necesita algo más que humano, o quizá, recordar esa parte suya, nuestra, más que humana, nuestro instinto animal.

La presencia de animales en las historias, en nuestros sueños y en nuestra vida nos recuerda algo fundamental: nuestra conexión con todo lo que existe y con nuestro instinto.

«El hormiguero que conduce a la tierra asocia míticamente a la hormiga con la magia ambivalente de las fuerzas instintivas y subterráneas de la psique, que causan el caos y al mismo tiempo sostienen el orden. «MLVF

En uno de los mitos del pueblo Navajo en La isla de la tortuga, las hormigas son las que reconstituyen el cuerpo del héroe caído y hecho pedazos. Esto sugiere la capacidad de la psique de reconstituirse a sí misma, de cohesionar todo aquello que ha sido disociado.

Vivimos una fragmentación de nuestra vida en el uso constante de pantallas y la vida multitareas. Recuperarnos de ello requiere esa fuerza instintiva que reestablece el orden en nuestra psique y que nos recuerda bien la hormiga.

Un abrazo,

Doris