Recordamos siempre a la pastora que un día supo que tenía que casarse con el primogénito de ese castillo del que se contaba lo peor.

Recordamos también, que cuando le comentó esta idea a su amigo roble, una anciana salió de detrás del tronco para confirmar a la pastora que lo que estaba pensando era cierto, pero que ese casamiento no sería ni hoy ni mañana, sino en un año y un día.

Durante ese tiempo, la pastora tendría que aprender a coserse doce vestidos, y tendría que hacer, en cada uno de ellos, un bordado a la altura del corazón.

Cada día tendríamos que hacer lo que hace la pastora en La lombriz negra. Aprender a cosernos un vestido, aprender a hacer un bordado a la altura del corazón.

¿Por qué?

Porque desde siempre aprendimos a exiliar partes, facetas, esquinas de lo que somos en respuesta a «un deber ser». Y aquello exiliado crece inevitablemente como un monstruo que nos sale en medio del camino cuando menos lo pensamos, el monstruo exige nuestra atención.

Ella se casará con ese monstruo, pero tendrá que evitar que este se la coma, por ello los doce vestidos, pues en la noche de bodas tendrá que ganar tiempo, como en tantas otras historias.

No nos podemos enfrentar al monstruo desnudos, necesitamos algo que nos proteja, tal como lo hace un vestido, o bien doce.

Traer aquello exiliado ha de hacerse con amor, pero también con tiempo y un nuevo «saber hacer».

La historia nos dice que es posible traer, integrar aquellos lugares olvidados y exiliados de nuestro ser, pero que para ello se necesita trabajo, poner nuestras manos a crear.

Escribir, pintar, hacer música, bailar, coser y bordar, nos hacen corazón, nos permite abrazar nuestros exilios, que una vez en casa, al sentir nuestro calor, dejan de ser monstruosos.

Un buen cuarto día de adviento.

Un abrazo,

Doris