Cuánto descanso. Como si se tratara de la calma que sigue a la tempestad, llorar es un regalo que llevamos dentro y nos recuerda nuestra union profunda con la Gran Madre.
Llorar es el primer signo que revela estar vivos. La primera sensación del feto, la gravedad, le informa que ha dejado ese lugar idílico que representa el útero de la madre, sus aguas profundas y nutricias, que se rompen para dar paso a una nueva vida.
Las lágrimas nos limpian, nos alivian, nos quitan el peso que cargamos cuando no atendemos las demandas de los mundos sutiles.
En los mitos y en los cuentos, las lágrimas están presentes, a veces son joyas, otras son ambar dorado, o esa sustancia que limpia a la doncella manca cuando la extraña presencia del bosque la busca una y otra vez.
Las lágrimas revelan el tesoro precioso que es nuestra vulnerabilidad, traen la ayuda que necesitamos del reino que sea. Nos lo dicen muchas historias.
En la alquimia, las lágrimas pertenecen a la «solutio», la operación que representa el momento en que se suavizan o se funden aquellos aspectos de la personalidad que se han endurecido y se han vuelto inflexibles. Es la operación de «dejar ir» que tanto nos cuesta.
Cuando hacemos análisis estamos trabajando este estadío de la alquimia, —ana-lysis—, un relajamiento deliberado, puede profundizar el proceso al ofrecer un contenedor seguro para soltar y rendirse al proceso.
Rendirse y llorar es lo que hace la Selkie, Mis, La doncella manca, El simplón, incluso Perceval cuando llega a la cabaña de su tío, el ermitaño Trevizant.
Poder encontrar esa fuente de limpieza y renovación en nosotres es precioso. Perceval ha ganado todas las batallas, cuando llora se produce en él una gran transformación, deja la armadura por las ropas sueltas que su tío le presta, solo así puede nacer en el una nueva forma. Llorar es la disolución como retorno para el renacimiento.
Dejémonos llorar cuando sea necesario, renacer es una tarea constante.
Be water my friend, nos dice el bello Bruce Lee.
Un buen día de adviento.
Abrazos,
Doris