En diferentes culturas del mundo, los animales son viajeros que conectan el mundo divino con el terrenal. Los caballos en Siberia, los Jaguares en América Central y Colombia, y los perros lo son en la mitología céltica, por nombrar apenas algunos.
En Mujer de habla de perlas rojas, una de las historias que escuchamos en La Botica hace algún tiempo, y que es la invitada estelar en La Cabaña, un perro es quien recoge el corazón de una doncella que acaba de tener un terrible encuentro con una bruja terrible en el bosque.
Se nos describe en la historia que es un perro sin raza aparente, o más bien, que es la mezcla de muchos ires y venires. Lo que hace este perro es precioso: recoge el corazón en ese lugar de la muerte, y lo lleva hasta la yurta en donde vive la anciana que deseó tener esa hija, lo devuelve al lugar de la vida
El perro nos guía entre los opuestos, allí estaba él, en el bosque oscuro, y luego va al lugar luminoso de la anciana. Lleva nuestro corazón de la oscuridad a la luz.
De lo humano a lo animal, de lo conocido a lo desconocido, del consciente al inconsciente, de la soledad a la comunidad.
El perro es guía, pero también nos ayuda a establecer lazos, nos ayuda a echar raíz. Nos obliga a salir bajo la lluvia, el sol, la nieve o la borrasca. Está ahí, a nuestro lado, a nuestros pies.
Si exploran en canal de Youtube de StoryTailors, encontrarán un cuento precioso sobre Un perro como creador del mundo humano.
Para mí, el perro es ese ser que me ha acompañado desde mi infancia en mi vida terrena. Es él o ella, quien me permite bajar de mi casa, de ese árbol flotante de flores de colores, hasta el lugar en donde vivo ahora, es mi perra quien me recuerda que el gozo absoluto existe, y quien como en el cuento, dio su habla para que nosotros, humanos, pudiéramos bailar, danzar y cantar.
Les invito a escuchar esta historia esta noche, o cuando encuentren este escrito. Encuentran el enlace en los comentarios.
Un buen doceavo día de adviento.
Un abrazo,
Doris