Hace diez años que no bailaba. Así, en un salón lleno de amigos y amigas celebrando la vida. La última vez que lo hice me faltaba un mes para dar a luz a mi hijo mayor. La tarde del 3 de enero de 2015 Josquin tuvo su primer baile en mi panza. La tarde del 3 de enero de 2026 bailamos juntos, o mejor, saltamos juntos la canción que él me pidió: Smell Like Teen Spirit de Nirvana.
Este mismo 3 de enero de 2026, temprano en la mañana, el orden del mundo se presentó con la fuerza de la luna llena: moviéndolo todo. Antes de bailar en la tarde, lloré mucho en la mañana. Lloré como lloran las mamás que saben el dolor de traer una vida nueva al mundo.
Quizá esa mañana, la luna llena estaba pariendo, dolorosamente, un mundo nuevo.
¿Acaso sabemos las mamás qué hacer con la creatura? Es ese cuerpito el que trepa a buscar la teta, es ese cuerpito el que sabe. Es en ese momento en que nos convertimos aprendices del cuidado, nos volvemos descifradoras del misterio de cacas y llantos. ¿Acaso podemos acelerar su sueño? ¿Acelerar cualquier cosa? Si hay algo que nos enseña la vida que nace, es que tiene sus propios tiempos, nos enseña la paciencia, afina nuestros sentidos. Hace profunda nuestra mirada, nos regala el bosque inmenso de las emociones y el gran misterio del tiempo.
Todo esto sucede también si acompaña nuestros días una planta, un animalito, una presencia viva que requiera de nuestro cuidado y nuestra atención. Un vecino, una vecina. Todo lo vivo pide cuidado, y cuidar es estar abierto a no saber y por ello intentarlo todo.
Una noche, en Barcelona, Josquin tenía fiebre. Era tarde y vomitaba la medicina. Llamé a Renée, mi vecina, le pedí consejo de mamá, ella me dijo que lo único que podía hacer era ponerle un supositorio. Y a esas horas avanzadas de la noche, ¿cómo salir a comprar aquello?
– “No te preocupes, va Flaco” -me dijo con un amor que todavía resuena en mi memoria.
Flaco, su esposo salió a buscar una farmacia abierta, la encontró, compró los supositorios, me los trajo a casa. Nunca, nunca había yo puesto un supositorio, no conocía su forma, nada. Seguramente entre Renée y Flaco como pudieron, me explicaron, lo hice y mi niño y yo tuvimos alivio inmediato.
Si ellos supieran que ese regalo quedó para siempre en mi corazón esa noche. Si me lees Renée, cuéntale a Flaco, cuéntale que les agradeceré toda la vida y las vidas que me quedan en esta tierra y en el cielo.
Este mundo nuevo, recién parido, acepta que no sepamos cómo hacer, pero sí nos pide que afinemos nuestros sentidos, que cuando nos veamos cortos de recursos, llamemos a nuestro vecino, vecina, a un amigo, para que desate el nudo que nos tiene ahogados. Este mundo nuevo requiere proximidad, intimidad. Es en lo pequeño y cotidiano que el cuidado puede tener lugar, profundidad, trascendencia. Es allí en donde este mundo nuevo que nace del dolor puede echar buena raíz, encontrar respiro y ser belleza.
El dolor no puede llamar más dolor; es preciso que llame otras cosas: abrazos, lágrimas compartidas, consuelos amorosos.
En los noventa, Kurt Cobain cantaba desilusionado por la cultura materialista y vacía, por la ambición desmedida que veía a su alrededor; esta realidad patente está llegando a un pico que amenaza todo en este 2026. Este hijo mío me pidió esta canción el 3 de enero, la puse, y todos los que crecimos en esos noventas saltamos y gritamos su letra y sus coros, él miraba sorprendido.
A ese grito de Kurt Cobain que advertía sobre lo dormidos que podemos estar; del estado constante de negación en que podemos vivir, le regalo el cuidado que le damos en esta casa a nuestros niños, con todo lo imperfecto que pueda ser; y también el cuidado que intento dar a quienes entran en esta casa de historias que es StoryTailors. Es una pequeña cosa, pero es un empiece.
La vida solo puede crecer así, en presencia, atención y repito, con el aceptar humilde de no saber, pues al hacerlo, abrimos la puerta a quien tiene una pista o una certeza.
Esperé diez años para bailar de nuevo, estuve a punto de no hacerlo por la tristeza que me trajo la luna llena y el dolor de este mundo nuevo que acababa de nacer, que nace cada día, con sus dolores y desafíos. Pero en la intimidad del abrazo de mis hijos y de mi esposo, el dolor cedió poco a poco. Estos diez años no fueron plazo impuesto, ni los años por venir serán el retorno a las noches largas de bailar y no dormir. No, estos diez años han sido el aprender a no saber, a llorar el miedo a lo desconocido y de compartirlo con quienes están cerca del corazón.
Si se preguntan qué se puede hacer en estos tiempos que vivimos, espero que este breve escrito les dé, no una respuesta, sino un poco de calor, de consuelo, de ganas de bailar los dolores y, sobre todo, ganas de seguir cuidando o comenzar a cuidar lo que tienen al lado. Cuidar es el acto más revolucionario de estos tiempos.
Un abrazo grande,
Doris.