Cuando no estoy aquí, tejiendo palabras, estoy pendiente del caldero en donde preparo la comida que tengo que dar a mis hijos. Confieso que debo poner mi creatividad a tope en las recetas, sobre todo, cuando los ingredientes conocidos se encuentran apenas y las nuevas especias exigen combinaciones precisas que desconozco aún.
Lo más difícil en este preparar el alimento para mis niños es encontrar las palabras, luego articular las frases y los párrafos, esas historias enteras que puedan contenerlos en un mundo que, por el contrario, les invita al desborde, al desparrame, al perderse en el infinito de los excesos de todo tipo, de la oscuridad más oscura hecha de todos los exilios del alma humana.
Si, hablo de las pantallas, que cada vez que asomo o se me presenta una explicación, o una realidad contundente, me pregunto, desde que me levanto hasta que me voy a dormir en las noches, ¿qué quiere hacer esta especie con sus niños? ¿Por qué quiere romper su alma deliberadamente, hacer pequeño su cerebro y mudos sus sentidos? ¿Por qué quiere robarles su tesoro más grande, su capacidad de imaginar, de conectar? ¿Su inocencia?
La violencia llena todos los escaparates de las tiendas, con sus armas de plástico y colores vivos. Las balas de espuma que acaban con sus retinas cuando los golpes son certeros desde la cocina hasta el salón, se venden como panes. Los adultos al lado ven todo bien, mientras celebran tener un tiempo para ellos, porque sus niños al menos están ocupados.
El horror les persigue también en las pantallas de los adultos o en las suyas, (porque cada vez se les da más temprano este regalo endemoniado) disfrazado en personajes angulares que caminan torpes en los videojuegos mientras les seducen y les roban sus cuerpos en la sala de espera del médico, o en los asientos del metro o los autobuses. Allí están nuestros niños atrapados en amistades infernales que les exigen minuto a minuto dar su alma a cambio de un tralalerito.
Yo intento cocinar mis frases, mis párrafos, mis historias, para contenerlos con un principio y un final, porque eso es lo que me enseñan los cuentos, que como en la vida, hay un principio y un final, aunque haya “científicos” que juegan a la inmortalidad del cuerpo, desafiando la ciclidad de la vida misma, mientras se pierden en el profundo mar de la inconsciencia que destruye y consume, con sus “IAs generativas” lo que nos mantiene vivos: las fuentes de agua en todo el planeta.
Todos los adultos están felices, incluso aquellos que yo admiraba, porque ahora pueden imaginar sin perder tiempo imaginando. Me duele el alma.
Por eso un día como hoy, mientras la nieve improbable de noviembre alarga el invierno, como si nos gritara que necesitamos guardar a nuestros niños un rato más largo o más pronto para que se geste en ellos otra manera de ser y estar en el mundo, yo recuerdo un par de cuentos, o todos ellos, pues he comprobado que, si bien cada uno de sus elementos nos da un significado profundo y simbólico, a veces su literalidad se vuelve instrucción, mapa.
Hace poco en una clase de cuentos de hadas con una analista maravillosa trabajamos la historia de Iron Hans. Solo quiero traer una imagen de este cuento enorme, y es que, el protagonista en esa historia, un príncipe, ha de emplearse como cocinero y luego como jardinero para poder ganarse la vida, en otras palabras, para poder conocer la necesidad, para poder conocerse y crear su ego, ese que ha de sostenerlo para que cuando sea rey, tome las buenas decisiones. Aprendemos a barrer, a hacer nuestra cama, a lavar y doblar nuestra ropa, a cocinar y limpiar, no como algo que nos quita el tiempo o nuestro nombre o nuestro valor, sino todo lo contrario, para aprender que somos valiosos y llevamos nuestro nombre con entereza, porque nuestro cuerpo ha conocido el esfuerzo que supone hacer hogar.
La Cenicienta hace lo mismo, también Perceval, quien después de una vida llena de gloria en la batalla se descubre con un alma triste y vacía, y es solo en el tiempo que pasa con Trevizant, su tío, un ermitaño que le enseña a cultivar la tierra, a sentir el ritmo de las estaciones, a cocinar y leer el cielo, que Perceval está listo para reencontrar al Rey Pescador y hacer la pregunta que le sanará su herida milenaria. Puedo continuar con Catherine, en “La madeja de seda”, quien luego de vivir en la abundancia que le da su padre, tiene que ganarse el pan trabajando en las casas de un buen número de abuelas, pues su padre un día lo pierde todo, muere de tristeza y ella se queda sola en el mundo para poder ser ella misma.
Hoy me di permiso de venir a tejer este tapiz de palabras para contarles que cada día la noche se hace más larga y mis niños, aunque a regañadientes, aprenden a doblar su ropa, lavar su plato, barrer el suelo y escuchar historias. Mi cruzada lejos de las pantallas es tarea de hormiga, me requiere firme, me requiere centrada, y agradeceré toda mi vida esas visitas a Los tres elefantes, ese almacén bogotano en donde además de zapatos, ropa y juguetes, vendían también esos volúmenes maravillosos de Cuentos escogidos de la literatura universal, que me ayudan a respirar cada día con sentido y profundidad, que me han guiado para poder crear este este espacio lleno de historias y sabiduría que no es mía sino de todos y todas en todos los tiempos.
Si tienen niños, o cuidan niños, cuénteles una historia, o dos o tres, luego pídanles que cierren sus ojos, que hagan su magia, porque hay una terrible presencia que quiere ser la dueña absoluta de su tesoro más preciado: su capacidad de imaginar.
Bibliografía de apoyo:
Michel Desmurget, La fábrica de cretinos digitales, Booket, 2019.
Lo que se viene…
Quiero compartirles un ofrecimiento desde otro espacio que hemos cocreado con almas afines al pensamiento junguiano: el grupo EÓN.
Este 29 de noviembre, Virginia Mordarelli dará un taller maravilloso para aquellos que trabajan con imágenes, sea en el mundo del arte, de la terapia, de la arte terapia, y de la creacion en general.
Aquí toda la información:
«El alma imagina: Cartas proyectivas y asociativas en la terapia junguiana»
“En general, preferiría prescindir de la idea de la proyección. Pertenece a un modelo inadecuado y mecanicista de la psique. En lugar de ‘el inconsciente proyecta’, léase siempre ‘el alma imagina…”
— Patrick Harpur, Mercurius (Ed. Atalanta)
Facilitadora:
Lic. Virginia Modarelli
Organiza: EÓN. Espacio de confluencia junguiana
Auspician:
AFIPA (Asociación de Formación e Investigación en Psicología Analítica)
ABRAXAS (Asociación civil de Psicología Analítica de San Luis).
Fecha del evento: sábado 29 de noviembre de 2025.
Horario: de 10 a 12:30 h (GMT-3) Buenos Aires, Argentina.
Modalidad virtual sincrónica/ asincrónica
Por Plataforma Google Meet.
Algunos temas que abordaremos:
– El acto de imaginar como vía de simbolización y transformación de sí mismo.
– Cómo las imágenes actúan como puentes entre el inconsciente y la conciencia.
– La imaginación activa y el trabajo con sueños a través de cartas e imágenes.
Se dispondrá de la grabación para aquellas personas que estén interesadas y no puedan concurrir en forma sincrónica.
Puedes ver el IG live que hicimos para explicar el taller aquí.
Formulario inscripción:
https://forms.gle/hJFYMNAG95yNNbGc6