Recuerdo mis días de expediciones arqueológicas. Cuando en las terrazas de las montañas hacíamos una cuadrícula, quitábamos la hierba que cubría la tierra y comenzábamos a excavar cuidadosamente capa por capa, lo que buscábamos eran las trazas de carbón. Si las encontrábamos, entonces sabíamos que en ese lugar, hace cientos de años o miles, había habido un hogar, nos encontrábamos en lo que había sido la casa de una familia.
Cuando la madrastra de la doncella le prohíbe vivir en su habitación y la manda a la cocina, no solo le quita su nombre y su mundo conocido, en otro nivel de lectura de esta historia, tal como lo hacemos en StoryTailors, sabemos que la doncella comienza un viaje al centro de su ser. A su corazón.
Mantener el fuego encendido requiere de un cuidado continuo. Atender el espíritu del fuego es atender nuestro centro psíquico. Conectarnos con este lugar nos hace sentir en casa, en equilibrio, pausados, es el lugar en donde, en la práctica del cuidado constante, la creatividad se aviva.
La cocina a donde fue enviada la Cenicienta estaba abajo, no arriba. Ella estaba lejos de la exposición social, en cambio, estaba aprendiendo la alquimia de cocinar los alimentos, cuidar el fuego, escuchar el silencio; el caos del afuera y la gritería de sus hermanastras, no la contaminaban.
Allí sucedió su anhelo, allí creció la semilla de las ganas de ir al baile, de volver a ser vista y reconocida, pero la madrastra le pondría una prueba más: el separar las semillas de dos grandes sacos ahora regadas en el suelo. No solo tenía que aprender a cuidar el fuego y cocinar, ahora también tenía que aprender a escoger, a discernir.
Siempre traigo esta escena y su riqueza a los talleres cuando hablamos de qué manera podemos enseñarnos en el arte de tomar decisiones. Y quizá la velocidad de la vida de hoy nos ha arrebatado el tiempo alquímico de preparar nuestros alimentos, de ir lentamente, de cuidar nuestro centro psíquico al saber cuidar un fuego que tiene que estar encendido pero controlado, para que no se nos incendie la casa. Para que no enfermemos en nuestro abandono.
Un buen día de adviento para todes.
Un abrazo,
Doris