Primer día de adviento: nieve
La nieve temprana en Montreal y las temperaturas cada día más frías me llevaron a la primera sesión de la Botica hace tres años. En esa ocasión escuchamos La reina de las nieves.
En esta historia, la imagen del invierno nos presentaba la amistad profunda entre dos niños: Gerda y Kai. Parecían inseparables hasta el día en que un troll decide hacer un espejo con una propiedad bastante terrible: todo aquello que se viera bello, lo hacía parecer horrible. Este espejo se rompe en millones de trozos diminutos que se riegan por el mundo entero. Uno de ellos entra en el ojo de Kai.
Lo que sigue en la historia es el rompimiento de esa amistad, pues a Kai todo lo que veía bello en Gerda ahora le parece espantoso. Su distanciamiento se agrava cuando llega el invierno y La reina de las nieves viene por Kai, quien lo lleva
hasta los confines del mundo, esas tierras heladas en donde el calor del corazón no existe y el calor de la amistad menos.
¿Qué hacer cuando nos distanciamos de quienes más queremos? ¿Estamos dispuestos, dispuestas a realizar un profundo viaje, perder nuestros viejos zapatos para encontrarnos unos nuevos, pedir ayuda a las ancianas, y montar sobre un reno hasta los dominios de la Reina de las Nieves para recuperar una amistad?
Sucede que a veces nuestras vidas se bifurcan, o un trozo del espejo terrible creado por un troll se astilla en nuestros ojos y comenzamos a ver al otro solo en sus defectos (que son los nuestros), y para poder entender que aquello que odiamos en el otro lo hemos de integrar en nosotros, en nosotras, para que no se convierta en un monstruo o quede para siempre como un trozo de hielo en nuestro corazón.
Esta historia asomó hoy, como asoman en la imagen tantos copos de nieve, para recordarnos el ir más despacio, pues debajo de su manto, animales y plantas, duermen y se refugian de las bajas temperaturas de este tiempo en que hemos de reposar la vida.
Un buen primer día de adviento para todes.
Abrazos,
Doris