La mujer más antigua del mundo repartía sus días entre su telar y su caldero. Ella tejía la historia del mundo, y para que esta no terminara nunca, el cuervo, cuando la anciana se iba a atender el caldero, aprovechaba para deshacer con su pico el hermoso y complejo tapiz.
Cuando la mujer más antigua del mundo regresaba a su telar, ¿qué hacía? ¿Ponerse a llorar? ¿Desesperarse? No. Ella miraba al suelo todas las fibras deshechas, las formas sin forma, y entre todo ese caos encontraba una fibra brillante, hermosa, y con ella en la mano, la anciana comenzaba a imaginar una nueva forma para ser tejida.
Es así como la historia del mundo no ha parado de ser tejida jamás.
Quizá no haya otro verbo más hermoso para indicar lo que hacemos cada día: tejer nuestra propia historia, tejer nuestra historia con la historia de otros. Los patrones que resultan son inacabables, a veces el cuervo nos visita, y tenemos que volver a comenzar.
Está de nosotros ser como la anciana, poder ver en le caos y la destrucción la fibra brillante que nos permita imaginar nuevas formas para crear nuevos tapices, nuevas historias.
El tejer requiere paciencia, silencio, es una práctica. Tantísimas historias nos hablan de esta actividad. Desde lo profundo del tiempo se nos dice que no dejemos de imaginar y llevar aquello imaginado a la materia, con el saber de nuestras manos.
La luna tejerdora de los Mayas, Ixchel, teje serenamente noche tras noche. Aracne, ágil y talentosa tejedora fue capaz de desafíar a Atenea, realizando un tapiz que contaba los amores de los dioses. Esto enfureció a Atenea, quien por ello la convirtió en Araña. En mitos tempranos mayas, Ixchel era también una araña.
El tejer es un arte que se origina en el mundo divino, y por ello siempre ha entrañado el gran misterio de la existencia, pues una labor en apariencia sencilla puede regalarnos patrones tan complejos como nos podamos imaginar. Como la vida misma.
Volvamos a nuestras manos, a nuestros tejidos, a crear el misterio.
Un buen día de adviento.
Abrazos,
Doris