No me canso nunca de contar El catalejo, sobre todo a los niños, no solo porque en una de sus lecturas la historia nos regala una advertencia muy, muy actual sobre el encantamiento que nos producen las pantallas, sino porque la relación de los animales con el protagonista nos recuerda el despertar de nuestros instintos.

Primero un águila, luego una cabra, después un pez dorado, intentan ayudar al cazador a esconderse para que la princesa no lo encuentre con ese catalejo endemoniado.

Es solo el zorro quien sabe, quien tiene la astucia instintiva que necesita el cazador para saber cuál es el lugar en donde la princesa jamás podrá encontrarlo.

La riqueza de esta escena es inmensa.

¿En qué lugar creen que el zorro escondió al cazador?

Lo dejo como tarea, lo cierto es que el desencantamiento tiene lugar y el reino vuelvea respirar con ligereza, pues la princesa, al no poder encontrar al cazador en ningún lugar… lanza el catalejo con toda la fuerza de su rabia a uno de los muros de su habitación.

El catalejo se rompe en mil pedazos, y en ese momento, la pesadez que se cierne en el reino desaparece.

Es el zorro quien con su conciencia ctónica nos guía a través de los espacios de transformación entre los opuestos, entre lo salvaje y lo civilizado, entre la inteligencia intuitiva y las normas sociales colectivas; entre el mundo del espíritu animal y el humano, todo esto en servicio de la totalidad.

Un muy buen sexto día de adviento para todes.

Un abrazo,

Doris