Acerca de este curso
Revisitar el sistema, el hambre, la herida y el veneno
-Siete plantas-
Hemos caminado unos meses al lado de nuestras plantas. Las hemos sentido, hemos visto sus formas, nos hemos comenzado a dejar acompañar por su presencia. Pero lo más importante, es que hemos intentado comenzar a hablar con ellas.
Algunas de ustedes han permanecido con la misma planta, a otras, la vida les ha llevado a conocer varias, pero al final, siempre habrá una planta que nos espera en un momento preciso de nuestra vida.
Quiero en esta sesión que volvamos a nuestra lectura de Siete Plantas con otros ojos, unos más entrenados en nuestra cohabitación, en nuestro compartir con el mundo vegetal, para que vayamos sintiendo cada vez más que podemos escuchar nuestra propia historia a través de nuestra planta. Es ella quien nos regala nuestras raíces.
“La opacidad del origen genera un abismo entre nuestro ser y nuestro hacer.”
Siete plantas
Dar coherencia a lo que somos y lo que hacemos es un desafío. El mito en que vivimos nos exige ser y hacer algo que muchas veces dista de nuestra esencia. Escribimos con dificultad nuestra historia de vida porque nos cuesta dar sentido profundo a cada paso dado. Cuesta encontrar la coherencia. Pero, ¿y si esta falta de coherencia fuera ese abismo en la opacidad de nuestro origen? ¿En la falta de una historia que nos de raíz?
Nuestra forma de vida y nuestro anclaje al territorio determinan nuestra salud, pero el anclaje al territorio necesita una historia que nos de ancla. Si en nuestro linaje esas historias quedaron tapadas, o si por migrar hemos perdido el lazo que nos une a nuestros ancestros, o si por las dinámicas del sistema en donde se desarrolla nuestra vida, nuestro origen es obstáculo, nuestra salud se quiebra. Ser capaces de crear una historia de origen es determinante para lograr la coherencia entre nuestro ser y nuestro hacer.
La opacidad de nuestro origen también, como nos sugiere Diana Obando, nos da libertad, por eso tenemos esta posibilidad de crear nuestra historia de origen, que puede, ir más allá de una, dos o más generaciones. Solo la planta nos lo puede decir.
Esta planta que nos acompaña, lleva consigo la memoria que nos une al lugar en donde habitamos en este momento, y quizá, si algún día nos movemos de lugar, otra planta nos estará esperando para contarnos otro fragmento de nuestro origen. Ellas están por todas partes, guardando nuestra memoria. Son pacientes ancestras que nos esperan cuando hayamos de llegar.
Hablar con nuestra planta, conocer nuestra memoria, nos permite caminar el futuro en coherencia. Ella nos devuelve trozos de historia regados por el mundo que nos constituyen. Cuando llevamos con nosotras esa opacidad en nuestro relato de origen, también llevamos un poder especial, nos dice Diana Obando: sabemos navegar la incertidumbre.
Si todas revisamos nuestra historia de vida encontraremos una gran verdad en estas palabras. ¿Cuántas veces hemos cambiado de piel? ¿Cuántas veces de casa, de país, de vida? ¿Y cuántas veces hemos tenido total certeza de lo que viene adelante? Poder sostener la incertidumbre, el no-saber pero aún así seguir adelante, es una cualidad que compartimos con nuestra planta, y de manera extensiva, con el mundo no-humano.
Hambre: todas las formas de adaptación que toma el cuerpo para desarrollarse integralmente en su entorno.
¿Cómo nos hemos adaptado al lugar que habitamos, al lugar en donde trabajamos, al lugar en donde nos movemos diariamente, a las personas que encontramos en el cotidiano?
Sería maravilloso que nuestras necesidades y nuestra actividad relacional tuvieran coherencia. Que las formas de ponernos en relación estuvieran en la misma frecuencia que nuestra hambre.
Cuando llegué a Montréal, mi hambre era esa, la de ponerme en relación. Para mí, hablar con el mundo, con las personas, es la manifestación física, emocional y mental de una necesidad que me constituye. Tuve, y aún en ciertas esferas de mi vida, una privación absoluta de ello, el resultado de esta privación se presentó en mi cuerpo con una gran baja de mi sistema inmune.
En ese momento, el mundo vegetal me era ajeno, las plantas, los árboles y las flores eran tan lejanas para mí como una conversación en un café con alguien conocido.
Necesitaba, en ese momento, de un mundo más cercano a mi historia personal: un perro. Necesitaba un ancla diferente al mundo humano y clamé al cielo para que un perro llegara a mi vida. La vida me escuchó. Fue así como pude por fin ponerme en relación con el entorno y comenzar a calmar mi hambre.
Las primeras personas con las que hablé fueron a la vez, las dueñas de otros perros y el personal del hospital que me trató. Desde entonces, he intentado desarrollar otras herramientas de cacería para ponerme en relación con el entorno. Montreal ha sido el lugar más desafiante en donde he vivido en términos de mi hambre fundamental.
Mi primer contacto con La cola de caballo fue en el tratamiento de mi infección. Necesité de la silicea ancestral presente en una de las plantas más antiguas del planeta para poder levantar mi sistema inmune, afectado por la soledad y el destierro.
La enfermedad viene en el desequilibrio de nuestra hambre. Si lo han sentido, es interesante tener esa conversación con la planta que nos acompaña. Es necesario dar voz a nuestra hambre, colmarla. Si no lo hacemos se abre una herida. Si no la reconocemos, dice Diana Obando, coartamos nuestro metabolismo, nos hacemos torpes.
Pensemos en nuestras hambres a lo largo de nuestra vida, ¿han sido las mismas? ¿Han cambiado con el transcurrir del tiempo? ¿Hemos podido colmarlas? Así sea, como puede ser que lo hayamos hecho siempre, inconscientemente; con esa sabiduría del inconsciente que nos guía para poder sobrevivir a entornos a veces benévolos, a veces hostiles.
Hagamos una lista, un recordatorio, una historia de nuestras hambres. No dejemos de hacer ese ejercicio, es seguro que nos regala otro ángulo de conocimiento de nosotras mismas. Solo así podremos dar un recuento o bien, descubrir nuestra herida, o nuestras heridas.
Les recomiendo ver una película: HAMNET
Un abrazo grande y nos vemos el viernes 17 de abril, día de luna llena en Aries.
Doris