En la historia de Los tres cisnes, justo en el momento en que la hermana menor de los jóvenes va a ser quemada en una pila de ramas, acusada de brujería por un cura (por hablar con los muertos en las noches, mientras recogía las ramas de ortiga que utilizaba para fabricar el hilo con el que tejía las camisas que desencantarían a sus hermanos convertidos en cisnes), ella, con sus últimas fuerzas lanza las camisas al aire para que toquen las alas de sus hermanos.

Así sucede, una a una cada camisa toca las plumas de los cisnes, y con esta acción el encantamiento se rompe, pero ella se desmaya, sus hermanos, con su cuerpo humano restablecido, corren hacia ella, su esposo el rey corre hacia ella. Entre todos la abrazan, le dan su calor y ella vuelve a la vida.

Es entonces cuando las ramas que iban a servir de leña para la hoguera, comienzan a transformarse, echan raíz y salen botones, de esos botones, rosas. Lo que era una pila de ramas se convierte en un rosal esplendoroso.

Dice Marie Louise von Franz que la rosa que brota de un cuerpo inerte es un símbolo del Self, de la totalidad que se adquiere después de todas las pruebas que atraviesa la doncella

Sea una piedra, o una rama inerte, su calidad es opuesta a la calidad de la rosa, que significa el amor floreciente. La conexión entre las ramas y las rosas que florecen de ellas, incomprensible para la mente secular, es una vívida metáfora de la naturaleza paradójica del Self. El florecimiento de un objeto muerto es, en muchas leyendas, un milagro de la gracia.

En esta historia y en muchas otras, este florecimiento tiene que ver con la tarea de ir hacia adentro, deshacerse de la posesión de una energía masculina que no hace bien, que nos atrapa, nos hace rígides y compromete nuestro fuego creativo.

El regalo de la rosa es el del femenino profundo del que habla Eric Neumann, el de una vida espiritual que desafía la materia inerte en que podemos llegar a convertirnos.

Un buen treceavo día de adviento.

Abrazos,

Doris