Últimamente, cada mañana, cada tarde y en las noches, en cualquier esquina del mundo recibimos la visita del horror. En mi infancia y en los relatos de mi familia, de mi ciudad y de mi país, el horror siempre ocupó un lugar. Quizá es la mirada triste y el cuerpo nervioso de mi papá y mi mamá -que reconozco en mí-, lo que me ha llevado siempre a preguntarme por el origen de horror.

La respuesta no la encontré en la historia o en la antropología, la sociología o en algún relato académico, la encontré en un cuento.

Esta tarde no es esta la primera vez que escribo sobre el horror, su embate me ha sentado repetidamente frente a la hoja en blanco, porque es preciso darle no solo un lugar, sino también una respuesta de amor y cuidado, como lo dice el cuento, y para mí eso es la escritura.

Escribir, es una manera de dar hogar tanto a lo bello como a lo monstruoso, para que no nos coma vivos, vivas. También puede ser dibujar, hacer una canción o imaginar un baile. Es el impulso de la psique por encontrar la materia que ayude a quitar tantas capas de dolor a aquello que se ha hecho monstruo y grita con rabia su soledad en el bosque.

Sucede a muchas personas que el agua del baño da permiso a sus lágrimas para que broten como un río que nace de la hendidura de dos rocas. Agua llama agua, viento llama viento, fuego llama fuego y la tierra tiembla para sacar de sus entrañas un orden nuevo.

Esta mañana, la imagen de un niño perseguido despertó en mí una memoria que cargamos muchos. Esa memoria que hace pecado ser “el otro”, el distinto, el de la piel oscura. Esa memoria que nos convierte en la lombriz negra del cuento, aquella que cuando la reina va a parir, es la que sale primero de su vientre, esa hija o ese hijo primogénito que la partera tira con asco por la ventana de la cámara real, y que con el paso del tiempo, crece enorme y un día grita con ira su primogenitura al mundo.

Quienes me leen desde hace un tiempo en estos escritos saben que vuelvo a esta historia una y otra vez. Vuelvo a la Lombriz negra una y otra vez. Quienes apenas comienzan a leerme, la conocerán por primera vez a partir de los breves apuntes que deje aquí.

Y vuelvo a esta historia porque esta mañana, de entre la hendidura de mis rocas, brotó un río cuando la imagen y los gritos del niño me rompieron otra vez el corazón, y cuando eso pasa necesito correr al papel y a los colores. Necesito comenzar a amueblar un hogar para ese horror, necesito recordar las palabras de la anciana sabia, esa mujer que tiene la edad del tiempo y que sale de detrás del árbol y me pide, con su habla profunda, que le diga al mundo que es urgente aprender a coser para poder hacernos doce vestidos, y que en cada uno de ellos hagamos un bordado hermoso a la altura del corazón, porque a esa bestia necesitamos enfrentarla con capas de belleza para que no siga devorando el mundo.

En la tierra en que habito ahora el horror también ha visitado, y visita, sus calles y sus campos. No hace mucho, cien años antes de que yo naciera, en 1876, se redactó en Canadá la Indian Act, ese compendio de leyes coloniales que buscaron controlar y asimilar las culturas autóctonas a la cultura canadiense-europea. Esto sucedió y sigue sucediendo en toda América, con otros trajes y otros procesos, pero el intento de control sobre las culturas y los recursos de la tierra sigue trayendo imágenes del horror.

Kent Monkman es un artista visual Cree, una de las naciones indígenas presentes en Canadá, y quien ha sabido encontrar la manera de bordar su corazón para ir al encuentro del horror que su familia y antepasados vivieron y viven desde que la Indian Act fuera instaurada como único pasado, presente y futuro de los pueblos de la Isla de la Tortuga.

Actualmente, su obra se encuentra expuesta en el Museo de Bellas Artes de Montreal, y en muchas de estas imágenes de gran formato se repite esta persecución enferma a la infancia. La misma que rompió mi corazón esta mañana y que sigue sucediendo a pocos kilómetros de donde vivo. Allende la frontera.

Es conocido desde no hace mucho tiempo, el horror que las familias autóctonas vivieron debido a la instauración de este hechizo colonial: el robo de la infancia, el rompimiento de las familias y de la cultura, de la relación íntima con el territorio. El horror, el horror, y otra vez el horror habitan en cada pincelada de esta obra magnífica que utiliza el mismo lenguaje pictórico del opresor para relatar desde el humor y la sátira una historia dolorosa y terriblemente actual.

He visitado esa exposición tantas veces como he podido, porque esa historia me completa, nos completa, nos dice que es necesario relatar nuestros dolores, que es preciso dar belleza a los actos más atroces, para que puedan ser vistos, visitados y revisitados, para que nos hagan llorar y entender que todos y todas, en algún momento de nuestra vida, hemos sido ese hermano de apariencia viscosa y oscura, lanzado por la ventana, rechazado por su apariencia, por su color, que ha sido exiliado a la profundidad del bosque.

Vemos en el otro la lombriz negra que llevamos dentro y que somos incapaces de integrar, de dar cobijo y amor. Es así como esa lombriz crece en nuestro interior y persigue, intenta acabar con lo que está naciendo, con la vida, y por ello intenta acallar su dolor con más dolor.

Quién es la lombriz negra, ¿el que con su traje de guerra persigue a un niño indefenso, o es el niño que a través de los ojos del perseguidor es visto como ese ser viscoso y horrible, digno de ser tirado por la ventana y abandonado a su suerte en esas tierras de nadie en que se están convirtiendo ciertos lugares de la tierra?

El uroboros es esa imagen de la serpiente que se muerde la cola. Si no aprendemos a hacer la tarea que la anciana nos instruye, para traer todo aquello que no nos gusta de nosotros mismos, nosotras mismas a casa, entonces nuestro destino fatal será seguir siendo opresores y oprimidos, cada quién a su turno en la espiral del tiempo.

Y esto es así porque mi papá me contó la historia de su amigo de infancia, aquel con quien jugaba canicas, y quien un día de esa fatídica década entre los cuarenta y cincuenta de la historia de Colombia, presenció el horror en su propia casa, del cual él fue el único sobreviviente, y años después, con un arma en la mano y un grupo de hombres que obedecían a sus órdenes, estuvo a punto de matar a mi papá mientras volvía a casa a lomo de mula porque se parecía a la lombriz negra.

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Muchas gracias por llegar hasta aquí hoy. Dice Antonio Porchia que «Entre los escombros se encuentran las flores», y es así, porque hablar de dolor no nos quita espacio para hablar de la belleza, y a eso quiero invitarlos, a escuchar una hermosa conversación con Nena Arias-artesana, una mujer maravillosa, con quien hablamos sobre la magia, la tarea de salvar la belleza en nuestro cotidiano y mucho más.

Un abrazo, 

 

Doris