¿Cómo imaginar lo completo?
En una historia una niña pierde su pelota de oro en un pozo y es un sapo quien la recupera. Para entregársela le pone como condición que le invite a su casa. Ella, segura de poder engañar al sapo, accede. Conocemos la historia: El rey sapo.
El otra historia, es un príncipe quien pierde su pelota de oro al caer en la jaula en donde un ser salvaje y peludo del bosque llamado Iron Hans está atrapado por mandato del rey. Para recuperarla, el ser salvaje le pide que lo libere. Conocemos la historia: Iron Hans o Iron John.
En otra historia, una niña juega con su pelota dorada en el límite de los jardines del palacio y el bosque. La pelota va y viene. Conocemos la historia: Tatterhood.
Podría seguir y la lista no terminaría nunca. ¿Por qué una pelota dorada?
Lo más interesante es que esta pelota dorada está siempre en manos de un niño o una niña, y siempre hay un juego en donde la pelota bascula entre el castillo y el bosque, o entre lo civilizado y lo salvaje.
La pelota de oro nos recuerda que somos un todo que necesita recordar que es tanto de la ciudad como del bosque. Tanto de la vida conciente como la vida del inconsciente. Cuando somos niños somos un todo.
Pero al crecer, la distancia entre un mundo y otro se hace más grande. Y las historias nos dicen que solo estamos completos cuando aprendemos los dos lenguajes, por ello en tantas historias los protagonistas van de la ciudad al bosque.
Otra manera de hacerlo es ir de la vigilia al sueño, porque solo reestableciendo ese diálogo entre nuestro mundo consciente y el inconsciente podremos ser uno, como esa pelota dorada.
La invitación de este octavo día de adviento es a recordar nuestros sueños, esa vida en «el otro mundo», esas claves maravillosas que la psique nos da en forma de imágenes que podemos traer cada día al despertar.
La invitación es a ser un adulto que puede volver a ser el niño o la niña que tiene en sus manos esa pelota dorada. Su ser completo.
Un abrazo,
Doris